Sexualidad - Consultorio - MSN Mujer

Junio 12

La dieta es un tesoro

Disculpad, queridos lectores, por este abismal hiatus con respecto al anterior post. No sólo me llamaba el deber de fimar y cerrar diversos tratos, también el placer, la elegancia, el lujo canalla y sibarita que me han tenido ocupado durante estos últimos meses. Desde un viaje por el Lejano Oriente con parada obligada en casa de Yukio para la festividad imperial de la flor del cerezo de su familia con previa agasajo en Mibu, a un recorrido glamping por diversos espacios desérticos, con una parada obligatoria por invitación/sugestión de Pinault en su casa veneciana durante la Biennale. Historias todas dignas de ser narradas más adelante.

 

Tras desplegaros mi amor por el Mediterráneo la última vez que os escribí, áquel no terminaba ahí. Existen dos cuestiones que me gustaría resaltar y que a su vez hacen que esta pasión vaya in crescendo con el tiempo. Por un lado, sus magníficos sillones centarios y destreza con la navaja de sus barberos –hecho que exige un apartado extra; y por otro, su preciada y soberbia comida, todo un arte en el comer. Pues en el Mediterráneo comer no es un trámite, sino un acto de sensualidad que intento apurar hasta el fondo por varios motivos que aquí os voy a relatar de forma sucinta:

 

Por sus alimentos. Nos ha tocado un buen sitio en el planeta: clima templado y el mar omnipresente, de norma que la primera característica de la dieta mediterránea es su enorme variedad de alimentos.

Por su cocina. Cuando la materia prima es excelente las recetas elaboradas y las listas interminables de ingredientes sobran. El lujo está en la sencillez: las formas de cocción no son el objetivo, sino una fórmula de respeto al sabor original de los alimentos.

Por sus hábitos. Que las mujeres de la cuenca del Mediterráneo hayan tardado más en incorporarse al mercado laboral es una mala noticia para ellas. Pero he de ser sincero: nunca podré agradecer lo suficiente a mi bambinaia, cuando recalamos durante unos años en Pantelleria durante mi infancia, su contribución a desarrollar mi sensualidad… ¿gastronómica?.

Por su cultura. Comer significa un parón en la actividad y cambiar de escenario, lo que en términos de salud significa que el organismo libera sustancias que inciden positivamente en el estado de ánimo.

Por su apartado para el vino. La famosa “paradoja francesa” demostró el eficaz cardioprotector de su consumo moderado. Una buena noticia para el vino, estrechamente ligado al patrón familiar Mediterráneo y presente en la mesa.

 

05:55
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Mayo 12

El Mediterráneo

Una mujer bronceada de cuerpo esbelto vuelve a pasar brincando, por tercera vez en menos de una hora, con otro traje de baño. En lugar del bañador de una pieza de Pucci –poco gusto vi en ella–, esta vez es un biquini rosa con volantes retro que me lleva a la Capri de los setenta. El ruido de las batidoras triturando sandía junto con un chorrito de vodka compite con la voz de un calvo con gafas oscuras que habla por el móvil: “¿La familia Ferragamo? ¿Que viene para acá?”. Su voz ronca y molesta se apagó en cuanto mi móvil sonó y atento a mi conversación se enteró de que quien venía era la princesa de Kuwait, y no precisamente para verle a él. Pobre crédulo. Otra nota que se incorpora al sonido ambiente: la llamada de la oración sale resonondo de los altavoces instalados en las mezquitas más cercanas del pueblo.

Estoy sobre un tablón de un embarcadero a orillas del intenso azul del mar Egeo, en la península turca de Bodrum. Mi mullida tumbona de tela de toalla  blanca y el embarcadero pertenecen al hotel Maçakizi, un pequeño establecimiento de la ciudad 0de Türkbükü. El sol importunaba la conversación en la que llevaba enfrascado desde hace unas horas. Trataba de cerrar un desproporcionado trato inmobiliario en nombre de Rotchsield –gran amigo de la familia como ya os comenté una vez–; al segundo, un sistema de toldos que se abren y se cierran eléctricamente da sombra al bar al aire libre, lugar donde, además, se da cita una fauna con admirable genética y un inglés de acento internacional. Nadie salvo servidor, parece fijarse en los paparazzi y sus objetivos telescópicos en una pequeña zodiac por fuera de las boyas que marcan la zona de baño. En estos momentos, los miembros de seguridad del hotel los están echando. Entre cada cláusula, sorbo un rosario de la tierra con parte del séquito de uno de los miembros de este cónclave empresarial a mis espaldas. Tras el cierre y un suculento aperitivo en la flotante fortaleza de Sheikh, subo con éste hasta el Hotel EV para saludar al arquitecto Eren Talu. En uno de estos ocho gigantescos cubos blancos que, en la distancia parecen una instalación de arte minimalista, y enla corta, nada que envidiar a un buen hotel europeo, nos sentamos los tres y comenzamos a hablar sobre el vasto litoral libre hasta ahora d emanchas de diesel y de rascacielos de hormigón. Sheikh, como buen primer ministro, comenzó a alabar la ingente cantidad de inversores de naciones petrolíferas como Rusia, Ucrania y Kazajistán y de los mercados emergentes de Dubai y Turquía quienes, en sus billonarias fortalezas acuáticas, han recorrido toda la costa mediterránea oriental, desde Turquía hasta Croacia, subiendo y bajando de aviones con talonarios abiertos en abanico en busca de un terreno en esta frontera tan fluida y fraguando hoteles de lujo, bares de vodka con baras acolchadas y piscinas sin bordes en lo alto de los acantilados. “Es nuestra propia Costa Azul”, comenta Talu. Por supuesto, más a mano, le respondo. Sin embargo, no es el Mediterráneo.

 

No abjuro del atractivo de los atolones de los Mares del Sur o del agitado remolino social de los petrodólares y los magnates post-comunistas, en absoluto. Sólo creo que poseen una clase de belleza tan explícita que apabulla a quien la contempla y la despoja de misterio. Dicho esto, y puestos a elegir paraísos personales, me quedo con el Mediterráneo. Con la serenidad que emana de las colinas rocosas del Peloponeso y de las calas escondidas de Ibiza; con la sobriedad de los cipreses toscanos; el silencio de los olivos de Corfú y el delicioso aroma de la lavanda y el romero en primavera; con el canto monótono de las cigarras y el aire ardiente en las siestas de Cefalonia; y con la reconfortante quietud de sus atardeceres rojos. Porque el secreto, la magia, el misterio, la sensualidad del Mediterráneo radica en su cultura. En la que se escribe con mayúsculas, pero también –y sobre todo–, en ese “arte de vivir”, de una simpleza tan sorprendente como exquisita, que los pueblos que lo habitan han forjado durante siglos.

Hice del Mediterráneo el refugio al que volvía una y otra vez a ahogar mis penas o a celebrar mis éxitos, y el escenario donde viví historias de amor, encuentros y desencuentros, aventuras y hasta disputas familiares por perderme entre los dieciocho camarotes del Christina O. de Aristoteles y terminar frente a la chimenea de lapislázuli con una pícara adolescente. Era tan joven... Me paseé de  la mano de una escultural Liz Taylor por las playas de Saint-Tropez, me bronceé en la Riviera Italiana, bebí cantidades ingentes de Campari –y aún continuo–, deambulé por las calles de Capri incluso después del lapidario “Capri, c´est fini” de Charles Aznavour, asistí a las fiestas de Aristóteles en cualquiera de las 5.000 islas griegas, acompañé a Sylvie Vartan y a mi madre en su enésimo días de compras por Via Venetto mientras Alain Delon se quedaba en el hotel con cara de malas pulgas. Mientras, mi tío hacía a Omar Sharif fundir parte de su fortuna en el casino de Montecarlo. Lo mejor de todo aquello era lo que se veía detrás del famoso/a en cuestión. Siempre en segundo plano, a veces un poco desenfocado, el Mediterráneo desvelaba en tímidos retazos una callejuela atestada de geranios, un acantilado de rocas blanquecinas o una colina abrasada por el sol.

Luego las cosas fueron cambiando. Asenté mis cuarteles generales en exóticos paraísos lejanísimos que, de pronto, quedaban a tiro de piedra. Conclusión, ninguneé al Mediterráneo. Cambié el martini por los daiquirís y las olivas por los rambutanes. Y olvidé un poco la luz y la transparencia del aire cegado por esa belleza exagerada que entra por los ojos como un cañón y te deja con la boca abierta.

Pero los últimos tiempos, he vuelto a poner los ojos en él. La Costa Amalfitana recupera su puesto como uno de los lugares más chic del mundo; en la Costa Azul y en la Capadocia turca se encuentran algunos de los spas más exquisitos y, de nuevo, es posible encontrarse con algún rostro famoso en los hoteles pequeños y acogedores de siempre, como Le Sireneuse. La dieta mediterránea, con siesta y copa de vino incluida, ha sido reconocida como una de las más saludables del planeta. De este nuevo impulso se benefician también un ramillete de colonias espléndidas, frescas y transparentes como el aire, que respnden a un patrón cultural común: todas tienen el Mediterráneo como punto de referencia, una historia que contar, un linaje aristocrático y un proceso de elaboración casi artesanal.

Un estilo de vida, en comunión con los principios activos de las plantas, los frutos y las hierba de su geografía, que no se aprende; se practica. Simplemente. No hace falta un máster para exprimir hasta la última gota del placer de disfrutar de una cerveza helada en una terraza sombreada en Naussa (Paros) observando cómo los pescadores desembarcan en el muelle las maravillosas esponjas que acaban de sacar del mismo mar que tan difícil se lo puso a Odiseo.

Es tan sencillo como aparcar el pasado, no pensar en el futuro y paladear ese momento, y el siguiente ya veremos, como si de una tostada de pan con aceite de oliva se tratase. Y un premio de mi parte, queridos lectores, para quien lo consiga, porque en esa sencillez, en esos momentos calmos, ahí es donde de verdad habita el lujo, el lujo auténtico, y no en el brillo más o menos cegador que desprenden los diamantes.

03:39
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Marzo 28

55, rue Babylone. La subasta

Sentado en la sala del Grand Palais, la tensión se palpaba en el ambiente. Las palas, a modo de armas, estaban cargadas y listas para disparar nada más decir la cifra de salida. Ocho expertos se turnaron en la dirección de la subasta. Las más de noventa telefonistas no daban abasto, sus voces apenas se percibían entre los murmullos atronadores de la sala. Ante cada salida, el silencio, total, se rompía a continuación por una explosión de exclamaciones. Tantas alabanzas me recordó a cuando vi por primera vez La última cena de Leonardo con doce años. Los colores están empañados por los siglos, la expresión de los rostros, desfigurada, y la pintura resquebrajada; los cabellos son simples manchas y los ojos no tienen vida. La gente viene de todos los rincones del mundo para glorificar esta obra maestra. Se quedaban extasiados, conteniendo el aliento, boquiabiertos, y movían los labios sólo para proferir exclamaciones de deliquio:

 

-         ¡Qué maravilloso!

-         ¡Qué expresión!

-         ¡Cuána gracia en los gestos!

-         ¡Cuánta dignidad!

-         ¡Qué dibujo más impecable!

-         ¡Qué colorido sin par!

-         ¡Una maravilla!

 

En serio, envidio a esas personas. Les envidio su sincera admiración ­si es sincera­, su deleite ­si lo experimentan­. No siento animosidad alguna contra ellos. Pero, al mismo tiempo, se me impone esta idea. ¿Cómo pueden ver lo que no es visible? ¿Qué pensaríais, mis queridos lectores, de quien contemplara una Cleopatra desdentada, calva, ciega, pecosa y dijera: “¡Qué belleza sin par! ¡Qué alma! ¡Qué expresión!”?

Me fastidia oír hablar tan corrientemente de “expresión”, “sentimiento”, de “tono” y de otras cosas técnicas igualmente fáciles de adquirir a poco coste y que tanto relucen en una conversación sobre pintura. No hay un hombre entre siete mil quinientos, capaz de decirnos qué se propone expresar en un rostro. En el caso de la subasta, era de esperar pues son obras que llevaban largos años en manos privadas sin ser deleitadas por el resto.

 

Tras una hora de pujas, sale una de mis primeras adquisiciones, Instruments de Musique sur un Guéridon de Picasso, con una base de 25 millones. Ofrezco un poco más. El mazo está a punto de caer, y un hindú levanta la mano. Sube dos millones más. Hay conmoción peroŠofrezco otro más. Una de las telefonistas hace una señal al De Ricqlès y éste, sonriente, exclama que sube a 30 millones. La concurrencia se mira las caras. El hindú grita que suba otros dos. Yo uno. Esto iba de millón en millón. Parece que el subastador no está conforme y pregunta quién ofrece más. Los presentes nos miramos las caras. En la primera fila había una rubia con un moño bajo y medias de costura, acompañante de un hombre orondo y barbudo. Sólo bastó una mirada hipnótica de la mujer para que el hombre levantase la mano y se llevase el Picasso. Me pareció ver que el hindú iba a realizarle alguna llave de arte marcial pero desistió. Vuelve la calma. El siguiente, la obra de Don Luis María de Cistue y Martínez, de Goya, con el que apenas se insistió pues se lo llevó el Louvre. No hay dinero que valga cuando se interpone en tu camino un museo...

De entre todos nosotros, sólo una persona no tenía ningún interés en las que joyas que se sucedían en la puja. Ni siquiera en un pequeño paisaje italaliano de Degas, su obra preferida. No se cómo pudo presenciar el desmantelamiento de una pasión artística construida durante cinco décadas junto a Yves. Impasible, sin mover un sólo músculo facial ante cada salida. Sólo dos obras se libraron del golpe del mazazo: una escultura africana, que fue la primera obra que adquirió la pareja; y un retrato de Yves realizado por Andy Warhol. De repente, sale un Matisse, no podía dejar escapar este tesoro vanguardista; luché lo indecible ante un turco de barba rala y mirada desafiante quien intentaba arrebatármelo de un golpe de talón. ¡Ja! No sabía con quién competía. Tras una sucesión de vituperios mentales y ojeadas torvas y centelleantes, con alguna presión de 50.000 euros en 50.000 euros, la obra Le Danseur ya tiene nuevo propietario. Gobierna tan bien esa pared vacía del comedor de mi villa amalfitana…

12:36
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Marzo 10

55, rue Babylone. La casa

La tarde invernal se echa sobre París. Estoy sentado en un canapé de terciopelo envejecido de uno de esos afamados cafés tildados de literarios en el barrio de Saint-Germain. Todavía no consigo salir de mi estupor por los tres días que acabo de vivir; por los 733 tesoros que pasaron por delante de mis ojos y que sólo me pude apropiar de tres. Disculpad si imprimo velocidad a las frases. También lo hacía en la sala de la subasta del siglo, cuando debía levantar la pala para que no me quitasen un Picasso cuyo precio subía como la espuma, pasmosamente, a talón de millón de euros por puja. François de Ricqlès –subastador, vicepresidente de Christie´s y el artífice de organizar y dirigir la subasta de la colección privada de Yves Saint Laurent y Pierre Bergé– agarraba el mazo negro de madera de una forma extraña, por la pesa y no por el mango, entre lote y lote. Su nerviosismo se hacía patente con cada"¡vendido!", y no es de extrañar, por sus ojos y sus manos, pasaron 773 millones de euros en obras de arte. Con 733 mazazos, desperdigó los objetos de arte reunidos a lo largo de toda la vida por el modisto francés y su compañero y socio. Todos los de la sala, durante estos tres días, sólo estábamos pendiente de su martillo negro y su atiplada voz. Fue él quién convenció a Bergé para que su colección la subastara Christie´s.

El furor desatado por la venta de esta colección privada, considerada una de las más importantes del mundo, me recordó en cierta manera a los cientos de personas que se congregan cada siete de enero a las puertas de los grandes centros comerciales. Es probable que el resultado sea algo similar a lo que ocurrió en estos tres días, pero estas "rebajas" tuvieron lugar en uno de los edificios más emblemáticos de la capital francesa, el Grand Palais. En lugar de colgar grandes carteles con descuentos, eran cientos de obras de arte de primer nivel, desde pinturas de antiguos maestros hasta grandes nombres del arte moderno, como Picasso, Matisse o Cézanne, pasando por los tesoros del mobiliario Art Decó. De hecho, las 900 plazas que Christie´s instaló en este enclave, se quedaron cortas –la casa británica colgó el cartel de "No hay entradas" hacía varias semanas–. Hubo gente recostada en la pared de la sala; en ciertos momentos el ambiente resultaba hasta asfixiante. Yukio, uno de mis amigos más allegados en el mundo del arte y de la restauración, me llamó hace casi un mes desesperado porque su avión se había roto y no encontraba ninguno que le pudiese acercar hasta la ciudad francesa. Y me colgó. Aquella llamada se produjo tres semanas antes de la subasta, y ya, por aquel momento, las compañías de jets privados estaban colapsadas- No supe más de él hasta el lunes 23 de febrero que le vi entrar en la sala, con su bolsa de viaje en mano, justo cuando subia al podío De Ricqlès. Basta decir, que tuvo que dormir conmigo en Le Meurice. Reservar una habitación en un hotel de lujo –e incluso de diseño pomposo–, era misión imposible, como comprobó el propio Yukio.

 

Tal vez os preguntéis porqué justo esta subasta generó tanta expectación. Calificado como genio de la aguja, Yves no sólo revolucionó el armario de vosotras, queridas lectoras, con prendas como el sempiterno esmoquin, también dejó huella en el mundo artístico con una vasta colección, reunida durante cinco décadas, con el que fue su compañero sentimental y empresarial, ambos coleccionistas compulsivos. Este fantástico museo, personal y particular, refleja un eclecticismo influenciado por alguno de sus mejores clientes, como la vizcondesa de Noailles, una de las principales mecenas artísticas en los años 60 y 70. Pisar su apartamento de la rue Babylone –una auténtica cueva de Alí Babá del siglo XXI– es quedarse mudo de asombro. ¿Cómo no hacerlo ante esta audaz mélange donde cohabitan y dialogan estilos, disciplinas, continentes, épocas…dispuestos en perfecta aromonía? Los salones abigarrados, con las paredes y los suelos repletos de cuadros, muebles, esculturas, tapices, orfebrería y miniaturas daban un buen ejemplo de ello. Incluso el jardín donde un sobresaliente torso romano del dios Apolo y un Minotauro dominaban el espacio.

Desde una vasija griega, un esmalte de Limoges o de Venecia, una escultura africana, un mueble Art Decó, una pieza en bronce de Jean de Boulogne, un cuadro de Frans Hals, una acuarela de Cézanne, un óleo de Munch o Gauguin –la nómina de artistas de arte moderno es impresionante y la más grande en manos privadas–, un "ready-made" de Duchamp, cinco Mondrian, una escultura de Brancusi, varios Matisse, un móvil de Calder, hasta una copa de Augsburgo o un lienzo de Paul Klee, de Géricault o de Ingres; son sólo algunos de los ejemplos de las obras que me rodeaban el día que visité aquel hogar-museo en diciembre, preámbulo de la subasta. El estilo dominante del piso es el propio de la década de los veinte y treinta. En parte, esto se debe a su pasión por los muebles art decó, de los que reunieron una fascinante colección –en la subasta destacaron piezas como una butaca diseñada por Eileen Gray y un juego de sillas de Gustave Miklos– que se mezcla con acierto con mobiliario europeo como un juego de dieciocho sillas italianas de mediados del siglo XVIII procedentes del Palazzo Carrega-Cataldi.  Aquel día algunos de los coleccionistas a los que la etiqueta VIP se les quedaría pequeña –recordad, queridos lectores, que sólo soy un mero aficionado entre aquellos 800 expertos– merodeaban por las estancias, y con los que tuve el placer de entablar conversación en las ferias de Basel y Fiac. En este deambular no podía creerme que aquellas piezas fuesen a salir a subasta. Apuntaba en mi Moleskine –es mi apéndice–, como un frenético, las obras por las que estaba dispuesto a pujar e incluso luchar; al menos tres de las seis que acapararon mi atención tenían que ser mias. Y a su vez me preguntaba por las verdaderas razones para que Pierre se desprendiese de los tesoros que había cultivado y que le habían rodeado toda su vida. Además de que De Ricqlès le convenciese, leí en su catálogo –de cinco tomos, 1.800 páginas y casi diez kilos de peso– días antes de presentarme al Grand Palais: "Si he tomado esta decisión de separarme de la totalidad de esta colección es porque, para mis ojos, después de la muerte de Yves, había perdido gran parte de su significado. Lo hago sin tristeza, ni nostalgia. He tenido la fortuna de vivir con todos esos objetos, muebles, esculturas y cuadros. Espero que todo aquello que hemos amado con tanta pasión encuentre su sitio en casa de otros coleccionistas". Un razonamiento con sentido y que hace de estas obras, fuera del mercado durante décadas, todavía más atractivas.

12:03
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Marzo 01

Joyas hechas libros

A pesar de tener la casa forrada de libros –o, probablemente, a causa de ello–, nunca me he considerado un bibliófilo. Salvo una remota edición de El ruido y la furia –Jonathan Cape & Harrison Smith, 1929– adquirido en el entusiasmo de una peregrinación a Oxford y primeras ediciones de valor sobrevenido –adquiridas hace mucho años y que el paso del tiempo ha convertido en tesoros que no aprecio–, siempre he considerado los libros como herramientas transitivas y funcionales. Procuro cuidarlos para que duren tanto como yo, pero no les saco brillo, ni los expongo tras una vitrina. Los abro al máximo que permite su sencilla y eficacísima arquitectura –detesto los que se publican fresados y no cosidos–, los subrayo sin piedad, me desahogo en sus márgenes –lo que escandaliza a algunos de mis amigos– y los atiborro de papelillos adhesivos para que me sea posible encontrar –pero nunca lo logro– pasajes que me han interesado particularmente. Por eso me resutla extraño contemplar esas impolutas bibliotecas en que los libros parecen tan vírgenes como cuando estaban intonsos; o incluso aparecen como motivos meramente decorativos, libros que se venden al peso con el único propósito de gobernar una pared blanca. Tampoco comprendo muy bien el pago de sumas exorbitantes por primeras ediciones modernas que carecen del valor añadido de primorosas encuadernaciones llevadas a cabo por artesanos semidivinos del pasado. Descubrí, por ejemplo, en el catálogo de la librería Sotheran´s, de Sackville Street, una primera edición de la primera novela de James Bond, Casino Royale, publicada por Jonathan Cape en 1953, y cuyo ejemplar es más valioso a causa de una dedicatoria autógrafa del autor a una amiga que le inspiró el personaje de Vesper Lynd, que en la ficción es la amante del agente. Ignoro el anticipo que Ian Fleming cobraría por ella, pero supongo que sería bastante menos de las 27.500 libras que me pidió el librero –o, más bien, joyero de libros–, a pesar de que el volumen presentaba “una pequeña mancha en la esquina inferior de las últimas 35 páginas”, qué pena. Pero puestos a comprar joyas británicas, ésta no podía faltar en mi biblioteca.

01:26
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Febrero 26

Mejor dar que recibir

A lo largo de mi vida me he topado con mujeres sensibles, inteligentes, atractivas, ambiciosas, cultas, refinadas, elegantes, de conversación brillante, más dispersa, distinguidas, sensuales... habrá habido miles pero ninguna tan pícara como con la que estoy ahora –hasta que otra me haga cambiar de opinión–. Sin embargo, hay dos detalles que le restan encanto. Por un lado, proclama su afecto sobre los demás con una incesante catarata de palabras; agotador. Por otro, también es capaz en un momento dado de arañar despiadadamente en el carácter de una persona, con una única observación, incisiva, sentenciosa, e incluso cruel. Tampoco la quiero cuestionar pues es la que es con sus defectos y sus innumerables virtudes. Pero hay ocasiones que... Bueno, aspectos negativos a un lado, es una fémina bastante pintoresca y juguetona. Se acerca la fecha de nuestro aniversario…de tres meses…pero como son fechas señaladas  y sentidas para las mujeres, dudo entre tres objetos para regalarle. Tal vez vosotros, atentos lectores, me la resolváis:

 

1. Como buena inglesa que es, se considera una amante de la ceramonia del té de las cinco; con su taza de porcelana, pastas y sándwiches, sesión completa. En mi anterior viaje a Londres –vive allí–, la sorprendí con un acontecimiento especial, el Prêt-à-Portea del Hotel The Berkeley, todo un clásico. Un té para las lunáticas fashionistas inspirado en los temas y tendencias de la moda. En lugar de degustar las galletas con forma de calzado de Louboutin o un vestido de encaje en chocolate de Valrhona de Prada, la dulce sesión tuvo lugar en su casa con el nuevo servicio a domicilio. Después de acompañarla en su día y soportar una interminable lista de espera para adquirir el bolso Alligator Warrior de Burberry, engullí con gusto su metamorfosis en galleta. Cómo la disfruté. Durante este dulce manjar, comentó que se había interesado por los diseños Blaue Blume de Tina Tsang. Un juego de té que incorpora piernas con stilettos, detalles de pasamanería... Dispuesto estaba a comprarla pero desistí. Muy… ¿asequible?

 

2. La siguiente opción: una ilustración de Federico Fellini. Alucinantes, irracionales, fantasías, situaciones barrocas y hasta bizarras, humor grotesco... el imaginario de este genio es claramente reconocible no sólo por sus películas también por sus dibujos. Obras maestras con cierto componente onírico –universo que empezó a explorar en los años 60 al interesarse por el trabajo del psiquiatra Carl Jung y su concepto del alma y del inconsciente colectivo–. Los retrató en sus cuadernos en los que, con caricaturas detalladas y comentarios surrealistas, escribía cada mañana todo lo que recordaba de sus sueños y plasmaba con esbozos y notas satíricas sus recuerds privados y sus deseos y fantasías nocturnas, en las que no faltaban las mujeres desnudas y orondas que poblaron sus películas. Esto sí que era un regalo perfecto: único, excepcional y escaso en el mercado. Pero ¿acaso para ella? Yo creo que más para mi pues no sabría darle el valor que se merece. Así que adquií parte de ese universo íntimo en un anticuario de París y lo tengo colgado en la antesala de la biblioteca de mi casa amalfitana.

 

3. Por último, y la ganadora, fue un objeto sencillamente irresistible. Apasionado practicante de los juegos amorosos y elegantes, desde el flirteo hsata la pasión, por apuestas elevadas o bajas, por una noche o por la vida entera, vi en esta pieza un tributo sincero a la fascinación por el romance secreto. El objeto en cucestión: “El Libro de la Seducción”. Un extracto del arte del buen vivir que evoca el ingenio efersvecente y la pleitesía del amor. Su artífice: Moët & Chandon. No soy muy proclive a este espumoso –incondicional de Krug desde la adolescencia como sabéis, queridos lectores–, pero la ocasión lo exigía.

Un estuche en forma de libro que reaviva el romanticismo y la sofisticación de la monarquía francesa, cuando los conocedores de la buena vida, los cortesanos de Versalles del siglo XVIII, elevaban el arte de la celebración, la seducción y la intriga a alturas sin precedentes. Qué época aquella. Los numerosos compartimentos ocultos, los cajones dentro de cajones y las intrincadas cerraduras de los muebles de esa época indican una regocijada obsesión por la conservación ­y el descubrimiento­ de los secretos. Por ello, los compartimentos y cajones secretos del libro esconden juegos y objetos para realzar la magia del romance. Ya veo cómo la excitación flotará en el aire.

Un refinado acabado de alta calidad, con sus 14 capas de laca, sugiere el carácter único de su contenido como una puerta abierta a delicias sentimentales y sensuales. En forma de un magnífico libro encuadernado simbolizan el mundo dentro de un mundo en el que los héroes y heroínas de todas las historias de amor crean secretamente para ellos solos. Las caricias delicadas, los lazos que unen y la ceguera del amor están reunidos en una lujosa bufanda de seda y, para un juego de suerte sugestiva, una apuesta cuyo resultado nunca puede ser seguro, un par de dados plateados darán instrucciones sensuales que deben ejecutarse entre sorbo y sorbo de Rosé Impérial. Sus burbujas están envueltas por la refinada belleza de la Toile de Jouy, una tela estampada tradicional actualizada con un sutil toque moderno. Y cada momento se inmortalizará con la Leica –mi querido punto rojo- en versión reducida.

 

Como hombre previsor, no sólo compraré este libro de irrefrenables deseos, sino dos, para que pueda seguir jugando en un futuro…

10:58
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Febrero 15

El Rey de los mares

Siempre he vivido convencido de que se llegaría a construir ciudades enteras en el mar porque el futuro está ahí, en el fondo marino, incluyendo el futuro del urbanismo. Si de niño ya dibujaba sumergibles en los pupitres de mis múltiples internados, pueblos enteros copaban las contraportadas de mis libros de francés y matemáticas. Y mientras yo soñaba con el mañana, L. Bruce Jones diseñaba el presente del turismo submarino materializado en un edificio de nombre titánico: el Poseidon Undersea Resort; mi próxima parada. Situado a veinte metros de profundidad en uno de los arrecifes de coral de Fiji, en el exótico Pacífico Sur. Este admirable hombre arrendó allí en su día una isla llamada hoy Poseidon Mistery Island, al tiempo que en Portland –Oregón– construía la inmensa criatura vidriada que trasladará en barco a su isla fantástica. Una vez sitiada, la hundirá hasta el piso del mar gracias al empleo de nuevos materiales y un eficaz tratamiento de la presión, y se llegará a ella en…ascensor. ¿En qué os imaginábais? Por casualidades de negocios, conocí a Bruce y comenzamos a hablar de su pequeño gran proyecto. Le tildé del poseidón de los mares. "Pero del siglo XXI", me contestó él riente. Me aseguró que debía darme prisa en reservar una de las suites pues la mayoría ya estaban copadas por jeques y grandes empresarios asiáticos. En una de sus excursiones a su recinto particular para mostrarme los avances, recalé en el habitáculo que quería probar y firmé para cuando estuviese terminado. Equipado con pantalla plana de televisión, baño de mármol y una sala de estar con biblioteca. El 70% de este paraíso acuoso se encuentra envuelto en una burbuja acrílica transparente con un grosor de diez centímetros. La vista es como una película de Cousteau –parece que este personaje se torna conscientemente en mi alter ego–: más de mil variedades de peces nadando frente a mi estancia a diario. Un particular jardín de corales arborescentes cuando abra la ventana… La privacidad de las habitaciones estará garantizada por películas reflejantes especiales que impedirán mirar hacia adentro a cualquier eventual buzo voyeur.

¿Recorreré como Steve Zissou el fondo del mar con trajes de buzo y cascos amarillos? Por lo visto, tendré mi propia vida acuática. Sólo deseo que las escafandras transmitan un agradable hilo musical. Posible próximo proyecto de Apple… Además, también podré combinar esta vida con uno de los cuarenta y ocho bungalows sobre tierra. Cuando llegue el momento de probar uno de sus pasatiempos más llamativos, tendré la pericia suficiente para manjerlo yo solo: pilotar su submarino Triton para salir a dar una vuelta por este “país de las maravillas”. No será el Nautilus, pero se le asemeja. Lo que más me llamó la atención cuando Jones me mostró las instalaciones fue su sistema de defensa antimisiles.

 

Y con todo, no será el primer hotel bajo el agua en el que duerma, aunque sí la primera “pequeña ciudad”. Hace mucho tiempo disfruté de unos maravillosos días –a pesar de no ver la luz del sol– de la compañía de una bella y alegre carioca en el fondo de un manglar tropical de Cayo Largo; en el primer hotel subacuático, el Jules Undersea Lodge, al que accedimos buceando. En una de sus dos habitaciones a siete metros de profundidad, el único contacto que tuvimos con el exterior fue con las maletas resistentes al agua que nos llegaban con el desayuno y la cena. En el pasado sirvió a Ian Koblick como un antiguo laboratorio marino que formó parte del centro de investigación conocido como “La Chalupa”, uno de los hábitats más avanzados de su época. Al contrario que el complejo anterior –amplio y lujoso–, a “Julio” le envuelve un espíritu rústico con una decoración retrofuturista sin detrimento de su carácter íntimo. Pasada la etapa de iniciación, ahora me decanto por poseidones, hydropolis e hydropalaces.

 

Pero mi colonización de los mares a la cabeza de mi Phoenix va más allá. Después de que pruebe el Poseidon, mi periscopio tiene la lente puesta en el complejo Hydropolis Underworld –el primer hotel de diez estrellas situado en una plataforma a veinte metros de profundida en el seno del Golfo Arábico– que está ultimándose en Dubai. La suite del último piso ya está reservada, y no creáis, me ha costado sudor conseguirla. Pero además, el grupo empresarial  Crescent Hydropolis  planea construir una serie de hoteles submarinos por todo el mundo, dos situados en Europa, y Mónaco, la Isla de Man, Nueva York o Munich son algunos de sus objetivos…

Y de ahí iré saltando del spa del Hydropalace en el suroeste de la ciudad china de Qingdao, en pleno Mar Amarillo al estambulita hotel submarino de siete estrellas -con siete pisos bajo el agua, aprovechando la claridad del Estrecho de Bósforo­, al Shanghai Shimao Wonderland en una mina abandonada en Seshan…Comenzaré a calentar motores para la nueva era subacuática que se avecina…

07:55
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Febrero 11

Bajo el mar

“¿Quién ha podido jamás sondear las profundidades del abismo? Sólo dos hombres entre todos los hombres tienen el derecho de responder: el capitán Nemo y yo”. Así concluía la famosa novela de Julio Vernes Veinte mil leguas de viaje submarino. Ahora la respuesta sería bien distinta. Sólo tres hombres: ellos… y yo. Con la reciente llegada de los submarinos privados, en especial del Phoenix 1000 -el primero que se puede adquirir a la carta-, he hecho realidad aquel sueño intangible del tildado como loco Verne. Para mi sorpresa, no tuve que comprar uno, bastó con cumplir años para que una vieja conocida me regalaran uno. Irónicamente, se podría llamar a esto el arte de conquistar…o de engatusar…

 

Hacía tiempo que bucear entre galeones hundidos, explorar los cenotes o pasear por el manto verde del mar, me resultaba cansino. Mi amigo Arnaud se compró un minisubmarino U-Boat Worx, su nuevo juguete. Antes coleccionaba compulsivamente coches deportivos y ahora, espero, no le de por sumergir en el estanque de su casa una tropa de estos torpedos. Pasaron los días, y me encapriché de él. La culpa fue aquel viaje por el Índico como su primera incursión en agua salada; no quería soltar el periscopio de aquella pequeña nave espacial. Su único inconveniente son sus dos horas y media de autonomía –lo que dura el combustible- y una reserva de aire de 36 horas. Aún así, la experiencia fue fascinante. Tenía que haceme con uno pero mejor, más resistente, y menos de pasatiempo. Comencé por procurarme con un sQuba; el primer coche que rueda bajo el agua. Con este automóvil me sentía como Roger Moore en El espía que me amó cuando buceaba en el fondo marino. Por supuesto, aquella escena era pura ficción, pero siempre, como todos sabemos, la realidad supera a ésta. Pasé tiempo imaginándome cómo sería sentirse como un verdadero “pez en el agua”. Gracias a la tecnología y la creatividad suiza, lo logré. El sQuba sí se hunde. Es un convertible que anda entre algas y corales, a diez metros de profundidad. Os podéis imaginar que necesitaba más. Volvamos a los sumergibles. De niño, desde mi pupitre del internado suizo, le escribía carta a jJacques Cousteau –ilusiones infantiles-, mientras dibujaba bocetos de futuristas superficies debajo del agua. De mayor, una de esas “superficies” ya está en mi poder, y para los incrédulos conseguí, con tesón y perseverancia, que Jacques me contestara una serie de líneas.

 

Si mis amigos mediáticos y acaudalados hombres de negocios se pasan decorando y redistribuyendo sus jets privados para sentirse en ellos como en su hogar –la mayoría pasa más horas allí que en su propia casa­, ahora es mi turno, pero menos detallista que ellos en cuanto a atrezzo. No creía que mi esnobismo pudiese alcanzar cotas tan altas, pero sí, ha dado un paso adelante. Queridos lectores, lo más nuevo es pasearse en submarino; y cómo yo no iba a ser uno de ellos, me cuestionaba. El Phoenix me ha resuelto la duda. Atrás quedan las embarcaciones de gala. Un submarino te permite conocer el mar en profundidad, sus fondos, fauna y flora, sin mencionar la privacidad que otorga el encontrarse sumergido a cincuenta metros. Su estructura es la siguiente. Se distribuye en cuatro plantas o cubiertas. De más a menos profundidad, la más baja se reserva para la maquinaria. La primera planta incluye cuatro camarotes dobles para mis futuros invitados, con sus correspondientes cuartos de baño; una sala de estar equipada con una pantalla gigante y un equipo de música de última generación –ya me estoy construyendo una estantería Lips para mis vinilos–. En esta cubierta un mirador translúcido, situado en  la proa, permite una vista del paisaje submarino inigualable. En la segunda planta, se encuentran los camarotes de la tripulación –cuatro habitaciones con literas y aseos incluidos– y una pequeña sala de estar. El salón de la planta superior está realizado en cilindros acrílicos transparentes: es quizá el lugar más espectacular de la nave e idóneo para instalar el equipo de control.

Y eso no es todo. Además dispongo de un minisumergible, que permite la bajada y subida desde el submarino nodriza a la superficie. Por encargo, he logrado que me modificasen su capacidad para transportar a más gente: de dos, a ocho. Como amante del buceo, he descubierto que hay un compartimento esférico que me permite salir y entrar de la nave. Pero no sólo es un mero submarino privado personalizable, sino el más grande jamás creado, 65 metros de largo, 465 metros cuadrados en su interior y 1.500 toneladas de peso. Su gran tamaño, a pesar de lo que pueda parecer, es una característica a su favor: además de ofrecer amplitud, alberga potentes motores y baterías y esto se traduce en velocidad de navegación –de hasta 18 nudos– en superficie y en profundidad. Así, la nave puede permanecer sumergida durante veinte días seguidos. Lo más fascinante es que para su realización se ha contado con la colaboración de astronautas pues sus cámaras se fabrican con los mismos materiales que usa la NASA. Definitivamente, acabo de entrar en el club de los fanáticos de la flora y fauna acuática, de los buzos encaprichados con los fondos marinos y excéntricos personajes cansados  de navegar en la superficie.

Y si todo marcha como está previsto, en breve me sentiré como el dios de los mares cundo estrene una de las suites del Poseidon Resort, el primero de los tres hoteles submarinos…

10:14
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Febrero 01

Parte de nieve

Al igual que un fan de béisbol que entra por primera vez en el Wrigley Field, sentí escalofríos –y no precisamente por el frío– la primera vez que me monté en un teleférico del Jackson Hole Mountain Resort, para ascender hasta la caída vertical más larga de Estados Unidos. Era más que un simple medio de transporte. Era el rito de iniciación. Alcanzar la cima del resort en Wyoming garantizaba el acceso a un descenso en esquí de 1.2 kilómetros que incluía, para los esquiadores más avezados, la rampa de Corbet Couloir en una pista doble diamante de entrada pedregosa y caída libre de tres a seis metros.

Fueron cuatro días de extravagantes aventuras de esquí. El primero, exploré el terreno marcado por el resort –no podía salir de unos parametros establecidos, y menos aún regalarme un fuera de pista–, los días sucesivos esquié por las zonas restringidas –permitidas–, realizando excursiones en snowcat y practicando el heli-esquí; método al que ya sabéis me he aficionado. Gracias al nuevo teleférico –con más potencia y cabidad para 48 esquiadores, una barbaridad–, que parte de la base de la montaña de Teton Village y llega hasta la cumbre, a tres kilómetros, en menos de diez minutos, escalé menos que durante la temporada inaugural del programa.

 

Completé el Grand Slam el inverno pasado. Empecé pasando medio día esquiando en Jackson Hole; por la tarde –en parte porque sabía lo que me esperaba– comí un socorrido sushi en el hotel Four Season Resort Jackson Hole, ubicado en la ladera con su consiguiente largo masaje reparador. El segundo día, esquié por la demarcación del Servicio Forestal nacional adyacente; el terreno se abrió para los esuiadores en 1999. Empleé la mayor parte del día escalando a pie de vuelta a la colina, pero los esquiadores no pueden llegar directamente a la base del teleférico para volver al resort. La energía que recuperé en el viaje en teleférico me vino bien para el tercer día del Grand Slam. Los snowcats, que son como autobuses, pueden llevar a los esquidoares donde los elevadores no llegan ­–a los largos e ininterrumpidos paseos por los pinos y la nieve polvo más fresca.

El cuarto día, a eso de las 9.30 de la mañana, me encontraba en un helicóptero Bell 407, de la High  Mountain Heli-Skiing, sobrevolando el Bosque Nacional de Bridger-Teton. Aterrizamos en una cresta afilada y nos dirigimos hacia una zanja redonda que no marcaba ningún sendero. En lo alto de la cresta –tan fina que la punta y la cola de mis esquís estaban suspendidas en el aire– volvieron de nuevo los escalofríos de placer. El guía descendió primero, para reducir el riesgo de avalancha. Después de disfrutar de la descomunal vista, le seguí hasta la primera vuelta en picado, sobre una nieve virgen que parecía no tener fondo. Al igual que mi primera vez en Corbet Couloir, descendí satisfactoriamente y la experiencia fue inolvidable.

12:18
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Enero 19

Viento en popa

Con la resaca navideña todavía en el ambiente, y en pleno verano australiano, el pistoletazo de salida sonó en Port Jackson –Sidney– el 26 de diciembre. A las 12.50 de la tarde, la bahía de Rushcutters se encontraba en plena efervescencia después de que diese comienzo de forma oficial la 65ª edición de la Rolex Sydney Hobart Yacht Race –también conocida como la Regata del Infierno–, que une el continente australiano con la sureña isla de Tasmania. Es una de mis citas clásicas del calendario anual de regatas. Viene de familia, todo comenzó hace 64 años cuando mi abuelo se apuntó a un crucero en compañía para nueve barcos el día de Navidad; y de ahí continuó mi padre, costumbre que yo más tarde heredaría. Pero aquella primera vez, los fortísimos vientos que se registraron durante la segunda jornada de la travesía obligó a buscar refugio a ocho de las embarcaciones participantes. Como en cada edición, la prueba concluyó el 1 de enero, después de que las embarcaciones superasen un recorrido de 628 millas.

 

Tras zarpar del puerto de Sidney con un navío de casi 98 pies, mi tripulación –avezados aficionados frente a otros con regatistas de la Copa de América– tuvo que salvar las poco profundas aguas del estrecho de Bass y su pésima reputación, que puede mostrarse como una balsa o como un amenazante temporal. A las pocas horas de iniciarse la prueba, el barco neozelandés Georgia que nos pisaba los talones rompió un timón y se produjo una vía de agua en el barco que provocaba que éste se hundiera cuando se econtraba a 14 millas de Ulladulla. Los tripulantes lanzaron la balsa salvavidas. Si creía que esta edición iba a ser tranquila, todo lo contrario, no ha estado exenta de incidentes. Y éste era sólo el primero.

En la tercera etapa de la regata recorrimos la costa este de Tasmania, y pasamos junto a puertos pesqueros y espectaculares playas que en aquellas fechas bullían repletas de veraneantes. Desde ahí, viramos hacia la bahía de Storm, en la isla de Tasmania y, a partir de aquí, cuando todavía quedaban cuarenta millas hasta el final del recorrido, la emoción crecía con el riesgo de perderse dentro de un laberinto de corrientes y vientos. Cuando creíamos que todo estaba perdido al recibir un pantocazo, logramos reparar la accidentada cubierta por lo que teníamos que pelear también por los honores del tiempo real. La salida de este "túnel" se vio recortada en las costas de la isla de Iron Pot; y desde ahí alcanzamos el río Derwent. Al avistar la línea de llegada, pusimos un límite de velocidad en un esfuerzo por llegar con el barco de una pieza. La cruzamos de noche, junto al "battery point" de Hobart, frente al cual se alza el Monte Wellington.

09:10
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Enero 09

Tocar el cielo

Por fin ha llegado a Europa un invierno de los de antes. Las intensas nevadasy las bajas temperaturas han logrado que las montañas estén bien cargadas de nieve. Desde la primera ocasión en que me calcé unos esquís fui, paulatinamente, avanzando en técnica, con una progresión en el tipo de pista y el grado de dificultad. Comencé por las pistas verdes, seguí por las azules, rojas, negras… El siguiete paso, atreverme con las denominadas lado-pistas, aprovechando la nieve sin pisar que dejan las máquinas en los laterlares; y quizás, poco a poco, lleguase a enlazar rutas por diagonales o trazados sin balizar ni señalizar. También con calma progresé del esquí a la modalidad denominada freeride, que se practica en nieve sin tratar, preferiblemente nieve polvo o powder –si hay suerte, claro–.

Hace tiempo sentí la llamada de lo salvaje, la necesidad de salirme de pista, de explorar nuevas zonas vírgenes. Aspen, Chamonix, St. Moritz, etc. Todas estas estaciones son cansinas donde la gente esquía más fuera que dentro de las pistas; en los restauantes, lodges….donde dejarse ver y ser vistos con sus últimas adquisiciones materiales y textiles. En los últimos tiempos me he dedicado más  a la escalada en hielo en el glaciar de Stubai –además de adentrarme en él a través de un descenso encordado–; o realizar parapente en el tirolés Kitzbuehel –sobre el pueblo y su valle con más de sesenta descensos de un total de 170 kilómetros de pistas– desde los picos más representativos de la zona.

Llegado a esta inflexión, se me hizo patente la necesidad de caminar en plena naturaleza. De los descensos por zonas no pisadas pero sí  balizadas, a los fuera de pistas puros y duros, hasta el esquí de montaña con su inseperable esquí de travesía –aunque es una disciplina fascinante, dejé de disfrutar tanto de la subida como del descenso–. Sé, amigos lectores, que el peaje que se paga en esta ocasión es el desgaste físico; no tenía problema con ello pues siempre he entrenado y he tenido como entrenadores a los mejores deportistas especializados en su materia, sino que necesitaba más descarga de adrenalina aun. Incluso me hice con un snowcat durante mis inviernos en Mendoza, pero poca me satisfacía, necesitaba más acción. Llegados a este punto…¿alguna opción más? Sí,  la mejor: el helicóptero. Uno de los medios con los que la adrenalina alcanza sus cotas más elevadas. Su maniobrabilidad y su capacidad para aterrizar en espacios reducidos lo convierten en la herramienta perfecta. Mi primera toma de contacto fue en Canadá, meca de esta modalidad, en concreto en la región de la Columbia Británica. Cinco días en casas privadas con chef propio, con un masajista entre cada jornada y metros de heliesquí ilimitados. Casi el edén blanco. De ahí probé suerte en Turquía –en gran parte de Europa esta variante está prohibida por el compromiso con el medio ambiente, salvo en la austriaca estación de Lech pero ya tengo bastante trillado los aterrizajes y descensos desde el pico Mehlsack–. Anatolia puede no parecer un referente como destino para esquiadores intrépidos pero les aseguro que sus grandes montañas vírgenes albergan frecuentes récords de nevadas garantizando un mínimo de 20.000 metros de desnivel hasta un máximo de 30.500. Tras unos días en Jackson Hole este diciembre, en febrero tengo planeado practicar el heliesquí –si no me coinciden las fechas con una rompedora congregación gastronómica en Tokyo– en la región del Everest y el Annapurna. Una semana, con cinco días de intenso heliesqui entre las montañas más altas del mundo. Un compromiso total con la montaña.

01:05
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Diciembre 31

Bendecido por el Punto Rojo

Me rindo. Soy un fetichista. Algunos objetos, ahora dulces compañeros de viaje en mis estanterías, me llaman a voces entre sueños. Y no hay atrapasueños que me libre de semejante pesadilla materialista. De estos “pecados” y del placer que me proporcionan iré charlando con ustedes en la serie Mis objetos favoritos, cómo no, inspirada en las presentaciones de Alfred Hitchcock en su programa “La hora de Alfred Hitchcock” y en su ibérico seguidor Chicho Ibáñez Serrador en “Mis terrores favoritos”.

Como siempre ando de caza, daré cuenta de mi última aprehensión, la Leica M8 –de cuepo negro-, primera adaptación digital de la cámara que hizo inmortal a Robert Capa y al celebérrimo Koudelka. Instrumento fetiche donde los haya, famosa por su óptica, sus silencios y legendaria por su historia. Pero esta no es mi primera incursión en el mundo del Punto Rojo. ¿Y por qué una Leica? ¿Qué tiene de especial estas cámaras? Son sinónimo de perfección y calidad, pero sobre todo son la historia de un mito forjado a lo largo de más de 80 años. La primera vez que fui bendecido por el punto rojo fue en una subasta en Viena durante mi adolescencia; no dude en invertir gran parte de mis ahorros en una pasión que, casi una década después, se ha convertido en una afición casi obsesiva y constante. Cámaras oscuras, daguerrotipos, ambrotipos, las primeras estereoscópicas, panorámicas de 360º, Hasselblad, Kodak Retina, Leica, Rollei, Contax… y hasta las digitales de última generación. Pero, ¿más de 90.000 euros por una cámara de fotos? Pues sí, pero sólo si se trata de una Leica M7 –testada en situaciones extremas- en titanio, de la colección del fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado. Una suma astronómica, sin duda, que mereció la pena desembolsar mas si su antiguo propietario la destinó a preservar la selva amazónica. Las máquinas Leica valen hoy día su peso en oro. Sobre todo cuando han pasado por las manos de famosos leiquistas como Henri Cartier-Bresson o Robert Capa o Helmut Newton, y poseerla, te hace sentir y ver como uno de estos Grandes. En su día, también adquirí una Leica M3 en la Feria Photokina -con bayoneta, medidor de luz y de distancia, la serie M fue toda una revolución en cuanto a óptica y técnica-.

 

La cámara en cuestión, la M8, estuvo a punto de no quedarse en mis manos. Me enamoré de ella en BH (bhphotovideo.com), la mejor tienda de fotografía del mundo. Uno de los templos de Manhattan , junto con el Institute of Photography Center, regentado por judíos ortodoxos que dejaron los diamantes en Ámsterdam por el tráfico de lentes. Cada mañana, decenas de judíos con su kipá y sus tirabuzones, cruzan el Hudson para atender, sin ningún esmero, a los clientes que hacen cola frente a la 420 de la 9ª Avenida. “¿Una Leica M8?”, pregunto ansioso. Primero te la ofrecen de segunda mano con un 20% de descuento y te avisan de que la garantía de un año sólo sirve para EE.UU. El mismo vendedor, judío pero no ortodoxo, no te lo recomienda si te vas a gastar lo que vale la cámara. Unos metro más allá, vendedores de chaleco verde te esperan con cara de aburrimiento, porque saben que ese lunes despacharán más de cincuenta cámaras y el comprador las contemplará atónito llegar por los metros de raíles que surcan el techo de la tienda. Me toca uno que parece no querer vendérmela. Me obliga a que me lo piense. Me informa de que existen quejas sobre el resultado digital en los tonos morados. Que comprarla en Nueva York para luego usarla en Europa puede suponer riesgos en la aduana. Le ruego –contadas veces lo hago- que me la venda. Mi Amex Centurion ruge por rozar su banda  magnética.

Comienza el papeleo. La garantía internacional. Y llega el rebound. Seiscientos dólares de descuento si vives en Estados Unidos. Difícil. Algo más si puedes acreditar que eres universitario y que la necesitas para preparar tus estudios. Inaudito, una máquina así subvencionada para preparar un trabajo sobre fotografía en blanco y negro. Genial, pero imposible de certificar. No hay mayor estrategia de venta para un fetichista, el primer cliente mundial de Leica, que recomendarle que hay cámaras mejores para que el anzuelo le enganche a uno las amígdalas.

Desgraciadamente, la cámara anduvo bloqueada, porque el software no pudo formatear una tarjeta de doce megas. Comprobé que el servicio transoceánico de atención al cliente de bh funciona, incluso en castellano, pero decidí atajar el problema y acudí a nuestro siempre a mano Fotocasión, en Madrid, que reemplazaron la tarjeta por una de dos megas y todo listo. He vuelto al Rastro. Y al Parque de El Retiro. Y a Manhattan; y a Brooklyn. Y con mi Leica al cuello. Clic. Un nuevo esclavo de su M8.

04:59
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Diciembre 16

Lujo a medida

Los modelos a medida, a veces, van más allá de lo delimitado por unos metros de tela. Las posibilidades se diversifican y adquieren otras formas gracias a la sabiduría de casas artesanales muy concretas, nacidas por y para el viaje, las cuales han desarrollado elementos pensados para hacer de éste una experiencia única e irrepetible. Pero, en este mundo privado, específico y delicado, también figura un servicio centenario de encargos especiales, realizados a medida y según las necesidades del cliente. Como la siguiente historia que os voy a contar.

 

El baúl de un joven empresario español era casi perfecto. Estaba fabricado con la mejor madera; una lona de cuero de gran calidad, con el clásico estampado Monogram; embellecedores y clavos colocados a mano con el mayor de los mimos; forrado por dentro con sedas y cashmere importados del mismo Rajastán... Sólo tenía un pero: ninguno de los compartimentos en los que se dividía medía lo justo para poder transportar con seguridad los dos relojes de cuco que debían despertarle cada mañana en el largo viaje por Europa que había programado para ese año. En muchos de los cajones del baúl, simplemente, no cabían. En los que sí, sobraba tanto espacio, que un movimiento algo brusco los podría romper en pedazos. Sabía que era una excentricidad, pero no soportaba comenzar la jornada sin oír el piar mecánico que le acompañaba desde que era niño. Afortunadamente, una de las mejores casas artesanales le facilitó el modo de solucionar el problema: un baúl personalizado, con compartimentos que midieran exactamente lo mismo que sus relojes, forrados y preparados a conciencia para que no sufrieran ningún daño. Por supuesto, os estoy hablando de Louis Vuitton, y de mi, por aquel entonces, joven abuelo –doy gracias por que mi padre no heredase el coleccionar cucos.

 

Una vez heredado aquel baúl, ya no necesitaba dichos espacios. Así que me encaminé a la casa Vuitton, igual que mi abuelo hace más de cincuenta años, para ver cómo, una vez más, podían transformar su interior. En la manufactura parisina dicen que son capaces de fabricar cualquier objeto que sirva para transportar o contener aquello que se desee, y fui en persona para descubrirlo. Baúles, maletas, cajas... si tu imaginación no tiene límites, la capacidad de los artesanos de su factoría de Asniers, en las afueras de París, tampoco. El servicio de Pedidos Especiales recibe cada año alrededor de 450 encargos igual o más excéntricos que el del baúl para relojes de cuco de mi abuelo. Curioso como soy, a través de mi amiga Elisabeth del Comité Colbert, logré visitar este pequeño templo de los servicios a la carta, no sólo para pedir un encargo y ver cómo remodelaban mi baúl, también para conocer al ilustre maestro y artífice, Patrick Louis Vuitton. quien ha hecho del desafío técnico su leitmotiv. De cada entrega se guarda una ficha, con fotografías, en los archivos privados de la manufactura. Así, no sólo se aseguran de que el resultado sea único, sino que se estudia su fabricación para mejorar, aún más si cabe, la calidad de estos objetos. Conmigo se ahorraron varios pasos del proceso; vi las imágenes que tomaron en su día de aquél baúl, y tenían otras similares a lo que yo requería, una biblioteca. Sólo tuve que pedir y esperar al resultado. Al verlo –de ser un guarda cucos a una biblioteca portátil–, mi deseo fue más allá y quise poner a prueba a Patrick. Le comenté que próximamente realizaría un viaje a los Emiratos Árabes y quería hacer un regalo muy personal a un buen amigo del lugar; algo genuino pero que también exudase el espíritu de su tierra. Sonrió y me mostró el prototipo de un futuro modelo que se le había ocurrido a un cliente: una cachimba con su consiguiente baúl de protección. Es más, me comentó, como seguro que visitaría el desierto, porqué no me quedaba a dormir en una cómoda cama y portaba conmigo una ducha portátil. Dicho y hecho, le dije que dónde tenía que firmar. Tardaron un poco más en su fabricación, por ser objetos más llamativos, estrambóticos y especiales, que exigen un estudio muy detallado de cada pieza –ya os comentaré si mereció la pena. Con más de tres décadas al frente de esta división a la carta, dibuja una sonrisa cuando se le pregunta qué le queda por hacer: “Bueno, empezamos con los viajes a caballo. Ahora, lo normal es pensar en el espacio estelar”.

09:01
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Diciembre 09

Moderato Cantabile

Hace poco escuché en una conversación un inapropiado comentario que me sobresaltó: “El Teatro Real es un teatro que tiene tras de sí muchos años de historia pero el Coloso madrileño, después de su remodelación, aunque es hoy un modernísimo teatro de ópera, le falta duende”. Apasionado de la música y del teatro como soy, no pude menos que salir en defensa de tan grande injuria. El titánico Real, con su imponente arquitectura y excepcionales cualidades técnicas, apenas tiene rivales entre los de su categoría y envergadura. Ha equilibrado en armonía las virtudes de un teatro antiguo con los mayores logros de nuestro tiempo. Por un lado, conserva la personalidad, el encanto y las condiciones acústicas de un gran escenario europeo levantado a mediados del siglo XIX; y por otro, se ha aprovechado hasta el último recurso tecnológico para emplearlo en beneficio de una concepción más moderna. Y no sólo eso; sólo cotejarlo desde las distintas perspectivas que ofrecen la calle de Arenal y el propio Palacio Real, hace que el imponente armazón del Teatro ya sugiera la idea de la grandiosidad y espectacularidad de la obra que se va a disfrutar como fue mi casa, cuando vi La sonámbula de Bellini. Además, la oportunidad de recorrerlo con cierto detenimiento, conduce a otras conclusiones si cabe más satisfactorias: la maquinaria es la mejor del mundo, el acondicionamiento de la sala se ha realizado con total rigor y la disposición interior permite que proliferen las salas de ensayos para la orquesta, el coro, el ballet, etc. Pero… a pesar de esta ristra de agasajos, mi primera toma de contacto con este maravillos mundo de la ópera fue en Buenos Aires.

Una lluviosa tarde de domingo, en 1988, me disfracé con el uniforme del colegio –tenía no más de quince años y estuvimos en Argentina unos meses por asuntos empresariales de mi abuelo- y me subí al tren para ir a ver Las Bodas de Fígaro de Mozart, en el Colón. En las calles desiertas del centro de la ciudad la gente me miraba extrañada. En esa época un hombre sólo podía entrar en los teatros de ópera con traje, corbata y zapatos oscuros. Por suerte, hoy cualquier vestimenta es aceptable en el Metropolitan, el Colón, el Liceu o el Real, aunque los más antiguos acomodadores no puedan reprimir gestos de disgusto ante tanto aspecto deslavazado. Pero nada pueden contra la ola de cambio: en cuanto se abre el telón, es probable que sobre el escenario tanto el criado de Figaro como su amo, el Conde Almaviva, también vayan de tejanos y zapatillas, y la escena no se desarrolle en un palacio sevillano del siglo XVII sino en un oscuro callejón neoyorquino. Hoy casi cualquier cosa puede pasar en la ópera. Es un momento excelente para iniciarse en este teatro cantado, que en el fondo es mucho más accesible de lo que parece. Sólo hay que poner cierto empeño en conocer lo básico, porque la ópera combina muchas disciplinas. Es música instrumental y vocal; es teatro –los cantantes son cada vez mejores actores y las puestas en escena son cada vez más vanguardistas-; es pintura, escultura y arquitectura en sus complejos decorados, y hasta sus cuidados vestuarios tienen relación con el moderno diseño de moda. Se puede ser parte de los dos mil afortunados que cada noche, en alguna gran ciudad, se sumergen en el mundo de una de aquellas óperas que sobrevivieron a los siglos y al olvido.

06:15
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Noviembre 26

A su servicio

Muy pocos sois los que asociáis la extrema riqueza con una vida de ocio. Vuestro baremo a la hora de juzgar a aquellos que se nos conocen como dueños del universo ya no se basa en lo poco que trabajamos, sino en la frecuencia e intensidad con la que nos vemos obligados a hacerlo. Para muchos, la ociosidad, que no hace tanto aparecía como la meta de la opulencia, provoca ahora rechazo y vergüenza. ¡Ay! Lo que a veces hay que escuchar.

Sin embargo, algo de eso sigue siendo cierto, porque el gran regalo del dinero es el tiempo; y simultáneamente a la autoexigencia de mi familia, encontraron fórmulas para optimizar su tiempo que la mayoría de vosotros ni siquiera imagináis. Y es que con suficientes recursos se puede contratar a una verdadera legión de profesionales para que absorban un importante porcentaje de las tareas diarias sin llegar a su efecto indeseado: depender totalmente de ellos. A continuación, me gustaría presentaros una galería de estos profesionales, especializados en labores de lo más variopintas, casi inverosímiles, pero sin embargo aparecían en las agendas, con más o menos frecuencia, de mis padres –y ahora, sólo dos, en la mía–.

 

Todo comenzó con Mary Rabiner, la decoradora prenatal que la señora Vanderbilt aconsejó a mi madre. Como ella, mi madre no quería conocer el sexo de su futuro hijo. Su deber era que la habitación estuviese lista cuando yo llegase al hogar. Para ello, solicitó el permiso para contactar con el médico, averiguar mi sexo –que no podía revelar bajo ningún concepto– y así comenzar a trabajar. Hasta que un día cargó el coste de la tela a la tarjeta de crédito de mi madre, con tan mala suerte que ésta fue a la tienda y, prácticamente sin querer, terminó enterándose de lo que esperaba. Desde aquel fatuo día, la decoración interior corrió de su cuenta.

Más adelante, cuando alcanzaba la mayoría de edad, mi madre volvió a obcecarse por otros servicios, los de Ellen M. Perry, consejera patrimonial. Uno de sus programas, por el que ella siempre apostó en detrimento de la opinión de mi padre, fue el llamado "de finanzas y dinámicas familiares", diseñado para que los padres pudiesen ayudar y aconsejar a sus descendientes a manejar con responsabilidad la riqueza familiar. Cuando resumió su idea en la pregunta "¿Cómo pueden los padres asegurarse de que su riqueza no produzca un efecto negativo en sus hijos?", mi padre le abrió la puerta alegando que de dónde había sacado semejante patraña. Y se lo agradezco, porque mejor educación profesional, personal y financiera que la que él me dio, no he encontrado. Como supondréis, desde entonces mi madre hizo caso omiso de estas consultas.

 

Los únicos asesoramientos que conservo, son los siguientes dos, inculcados por mi padre. Por un lado, mi conservadora de arte particular. ¿Por qué diréis? ¿Si se desenvuelve con soltura por las ferias artísticas de la temporada? No sólo trato de estar al día respecto al arte y los nuevos movimientos que surgen, sino que me gusta escuchar los consejos y sabias palabras de personas entendidas como Johanna Hoffman. Ella suele atender a las necesidades de museos, galeristas y artistas, pero también las mias. De niño mantuve una guerra de cojines con William Lauder que hizo caer un cuadro de la pared de mi casa, un Yves Tanguy, creo recordar. Intentamos arreglarlo nosotros mismos, consiguiendo culminar un auténtico desastre. Mi padre llamó a su conservador, y dos días más tarde la obra estaba intacta gobernando de nuevo en la pared. Esa escena se me quedó grabada, y me dije que algún día tendría a alguien así. Johanna me busca asesoramiento para invertir en artistas que desconozco o con los que he entablado una relación en una de las ferias –como Damien Hirst en la última Frieze, al que finalmente no compré nada–; o lograr el acceso directo a otros que realizan obras de encargo o adaptaciones de sus propias obras.

Por otro, con una agenda repleta de invitaciones, subastas gastronómicas y viajes culinarios, desde hace unos años tengo entre mis números el de la "nutricionista a la carta" como yo la llamo, a la doctora Jana Klauer. Cuando los compromisos sociales me desbordan, ella repasa los menús de los restaurantes a los que asistiré la semana siguiente, y me dice qué debería de pedir. De esta forma, no me preocupo por mi salud, pues antes de entrar en el restaurante ya se con exactitud qué comeré. No es igual que ir por ocio que por compromiso social o laboral. Un hombre también debería cuidar su línea. También es conocida como "la nutricionista de Park Avenue", y señala el restaurante italiano Primola del Upper East Side como el más saludable de la ciudad. Recomienda las crudités y el pollo a la parmesana...ya veré si su opinión es acertada.

02:07
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Noviembre 08

Continúa el homenaje

Al día siguiente, tras disfrutar un desayuno gourmet mientras me deleitaba de las magníficas vistas de los viñedos y del pueblo de Elciego, me dispuse a explorar entre las diversas cepas de la campiña. Sin embargo, ya a la entrada me esperaban dos guías de lujo para visitar "la Catedral" ­como llama allí al frío y oscuro recinto donde se guardan añadas muy antiguas-, Alejandro Aznar -Presidente de la Compañía­ y Francisco Hurtado de Amézaga -descendiente del marqués en cuarta generación y reconocido enólogo. Juntos bajamos a la bodega más antigua de España donde se guardan con recelo verdaderos tesoros y nos saluda Eduardo, el guardián del subterráneo. Aquel vino adquiere una mística que respiro hasta casi marearme. Veo grandes barricas con inscripciones y me acerco. "Aquí hay barricas de Alfonso XII, Don Juan y el Rey. Siempre hemos servido a la Familia Real. Ésta que observas, perteneció a Don Juan". Largos pasillos iluminados débilmente, paredes con moho, arcos de piedra e hileras interminables de botellas que yacen en nichos esperando ser abiertas y degustadas con algunos "ah, oh" de placer. "Ya tendrás tiempo esta noche para emitir esos sonidos de felicidad", me dice José Luis como si hubiese leído mi pensamiento. Me guían por los pasillos, acarician los estantes y me miran para ver si comprendo la importancia del momento. Estoy seguro de que se conocen cada botella por su año y ubicación. Tienen vinos desde 1862 en adelante, incluso, hay añadas, como la de 1945, que ninguna otra bodega posee. Eduardo comienza un ritual en el que oficiaré mi parte de liturgia. Acerca una botella cubierta de polvo donde apenas se lee 1958 y me coloca junto a una bombona de camping gas y un vaso de agua donde descansa un pincel. José Luis acerca unas tenazas a la llama y cuando están al rojo vivo cierra con ellas el cuello de la botella Un minuto, dos y la levanta "ahora tú, moja el pincel y moja e cuello. ¡Rápido!". Un crack seco y el Riscal del 58 queda decapitado. Se rompe el silencio y todos brindamos. Umm... Esto me recuerda cuando hace unos días en Londres abrí con unos amigos una botella de 1900.

 

Una vez de regreso a la superficie, nos condujimos hacia el restaurante. El chef residente del hotel nos había preparado un menú singular. Francis Paniego -chef de El Portal de Echaurren, con una estrella michelín y asesor gastronómico del Riscal- y su mano derecha, José Ramón Piñeiro ­el chef residente­, alternaron el foie, la ensalada de bogavante, las alubias rojas con chorizo y el bacalao con vinos y el champán Laurent Perrier Brut. Murmurábamos de placer entre plato y plato ­y ya iban ocho y una botella de Barón de Chirel y una de Gehry, edición limitada de la cosecha 2001). Está claro que después de esta macro sesión gastronómica tocaba la visita al spa Caudalie, metido en tinajas de uva, o masajeado donde menos duele con cremas de pepitas mientras veo la tarde caer.  Relajación hasta la ahora de la cena....y la puja....

12:30
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Noviembre 07

Homenaje al Dios Baco

A menos de una hora en limusina desde Logroño se entra en La Rioja alavesa, una comarca que vive por y para los vinos. El paisaje dulce y ondulante nos hace el viaje corto a mi chófer y a mi. Desde la carreterra se divisa el hotel Marqués de Riscal y creo que ni el viajero más despistado podrá obviar esta estructura extraordinaria de titanio en colores bruñidos de rosas, azules, platas, dorados, dependiendo de cómo los acaricie el sol. Este hotel fue un sueño de la familia propietaria de las bodegas Heredero del Marqués de Riscal, una realización genial del arquitecto Frank Ghery, y una colaboración sin reservas de la cadena hotelera Starwood. Si el proyeto tenía su riesgo, el resultado calló todas las voces que auguraban una catástrofe. ¡Semejante estructura en el sancta sanctorum de los vinos españoles pareceía un sacrilegio! Plegarias atendidas, el hotel se ha convertido en un símbolo de cómo entablar un diálogo estético equilibrado entre los valores del pasado y los del presente. Atentos, entramos en la Ciudad del Vino. Todo está preparado para el gran acontecimiento de la temporada. Con motivo de su 150 aniversario, Marqués de Riscal celebró una subasta histórica de lotes de vinos excepcionales, que perdurará en los anales de la enología, el último fin de semana de octubre. Y yo iba a pasar un fin de semana muy especial y exclusivo habilitado para la ocasión en este chateau del siglo XXI. En la puerta me esperaba José Luis Muguiro, director general comercial de todo lo que abarca mi vista. "Todo se está preparando para la gran subasta. El hotel, las bodegas, el spa", me comenta. "Queremos celebrar nuestro ciento cincuenta aniversario con una venta única e irrepetible en la historia del vino". ¿Y Elciego también se prepara? La verdad es que parece dormitar al sol, la calma sólo rota por el tañido de la campana de su iglesia. Hay mucha gente en el restaurante y todos hablan bajo; parece que aquí la discreción es muy importante. "Hace unas semanas estuvieron Brad Pitt y Angelina Jolie y no se enteró nadie", confiesa mientras me guía a la suite Gehry, la misma en la que la pareja del celuloide disfrutó de su estancia. Antes de hacer yo lo propio, bajo un instante para satisfacer mi estómago con un ligero tentempié pues mañana se presentaba un día, gastronómicamente, arduo. Ya en mi habitación, con la voz suave de Sarah Vaughan, mañana más, me digo.

03:19
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Noviembre 02

El arte se viste de fiesta

En medio del atardecer londinense, las barcas rasgan con su quilla el agua acanalada de Hyde Park, removida tan sólo por el suave chapoteo del remo. El arrullo de las palomas y de los tortolitos humanos se confunde en la calmosa tarde de junio cuando, de súbito, un descomunal coche bajo bandera inglesa rompe por la mitad la postal idílica. ¿Qué era aquello? ¿Un pájaro? ¿Un avión? No. Era un pez gordo: Roman Abramovich. Aunque el escenario resultaba idóneo para una novela barata de amor en Venecia, aquella escena tenía lugar en la Serpentine Gallery con las series Cowboys y Nurses de Richard Prince como atrezzo. Abramovich irrumpió, acompañado de Dasha Zhukova, su deslumbrante novia, en una fiesta donde el anfitrión no era otro que Louis Vuitton, por lo que Marc Jacobs y Prince ejercieron de maestros de ceremonia de ellos y de nosotros, una concurrencia que haría enrojecer de vergüenza a la más roja de las alfombras. Lily Cole y Claudia Schiffer se manejaban por las obras con la soltura propia de un desfile de alta costura, y nadie diría que Carlota Casiraghi se hallara en un sarao que no fuera el de la Rosa seguida de cerca por Fatima Bhutto y Jeanne Marine –quien propuso seguir la noche en el club Annabel-. La edición limitada del bolso Jamais creada por Prince para Vuitton fue motivo más que suficiente para que a la exposición le siguiera una increible soirée bajo una marquesina -que me recordó a una de las fiestas de la gala de los Oscars- regada con un Domaine Olivier Leflaive Bourgogne Blanc 2006 Chardonnay. El evento propuso una forma más fresca aunque igualmente comprometida de encarar el arte; y el arte añadido de crear en torno del mismo un estilo de ocio de espíritu más elevado. Y tan alto querían erigir el alma, que este  modelo se ha repetido lo inimaginable durante este año. Si el MoMa celebró su fiesta anual al calor del verano con invitados tan variopintos como Olafur Eliasson o Claire Danes dispuestos a un enérgica velada bajo los raperos acordes de M.I.A, una semana después, el Whitney ofrecía su Art Party en clave disco con tops como Coco Rocha, actrices como Rachel Bilson o delfinas deslavazadas de la jet como Lou Doillon, que se hacían las interesadas ante obras de artistas como Cecily Brown o Will Cotton.

 

Como más asiduidad, el arte se está convirtiendo en una parte integrante y de creciente relevancia en la vida cultural y social. Y para ello parece ser que hacen falta esta clase de eventos con notas hiphoperas o fastuosos convites para incrustarlo en las agendas de quienes antes no pisaban una galería. De algún modo, tanta coincidencia parece pronosticar un nuevo circuito de interacción marcado por galerías de arte como sustitutos de clubes y locales. Muy a mi pesar, el galeriing –a modo de clubbing- es el nuevo fenómeno social. El ejemplo más palpable fue, cuando hablando la semana pasada con Lauren Santo Domingo –poco proclive a exposiciones- me comentó que estaba almorzando en Pastis con su amiga, la marchante Amy Greenspon, con la que acababa de ver, minutos antes, el trabajo de un nuevo artista.

Mi valoración es clara: el mundo del arte ha sustituido al de la filantropía y la moda; se está tornando en el universo más jet-setting. Y yo, por supuesto, me uno, no para introducirme en el círculo del arte –que estoy metido desde niño-, sino por observar desde dentro cómo es esta nueva revolución. Arte, espacios elegantes y rostros que se van haciendo familiares parecen ser las grandes bazas. Y, como en cualquier otro ámbito, los mejores se consagran. Para ciertas personas, la fiesta de la asesora de arte Isabela Mora en Arco es imprescindible; para mi, la de la gran Pilar Parra y Romero. En Nueva York, opto por la galerista Marianne Boesky; por Melissa Bent y Mirabella Marden, al frente de Rivington Arms y, hoy por hoy, reinas de la escena Downtown, y por Larry Gagosian, el rey indiscutible.

 

Pero el circuito del galeriing va más allá de las fiestas y amenaza con conquistar el mundo. Una excitante y torbelllina temporada –y agotadora para mi- acaba de dar su pistoletazo de salida con la ya extinta Frieze Art; seguido con el marchoso Art Basel de Miami en diciembre y con el Armory Show de Nueva York en marzo para concluir con el prestigioso Art Basel de Suiza; sin olvidarnos de la FIAC de París y la madrileña Arco. Pero Moscú comienza a dar que hablar como pude comprobar con la fascinante –y atractiva- conversación que mantuve en la fiesta de la Serpentine, ya a las 2am en la pista de baile y al ritmo de hits de los ochenta, con Dasha Zhukova, que ha decidido explorar el mundo del arte contemporáneo con su Centro Garaje para Cultura Contemporánea -un antiguo taller de autobuses de la época constructivista diseñado en 1926 por el arquitecto Konstatin Melnikov de 8.550 metros cuadrados- que, bien visto, fue una buena tapadera para dar una fiesta de altos vuelos. A los pocos días del evento de Vuitton, recibí una invitación por parte de Roman y Dasha para asistir a su “inauguración ligera” como la tildó ésta con 300 invitados. Y, por supuesto que allí fui también, no sólo para escuchar a Amy Winehouse o charlar con la Princesa Carolina de Mónoca –a la cual dije que su hija embellece a un ritmo vertiginoso- o deleitarme con los Lucien Freud o Francis Bacon que posee la pareja, sino también para adquirir una obra del artista Aaron Young con quien se estrenaba la Gagosian Gallery, esos mismo días, en suelo moscovita.

10:45
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Octubre 25

La feria de las vanidades

Hay hambre de arte contemporáneo, un furor de compra venta entre esa pequeña multitud de coleccionistas que se vuelven a ver las caras, cuando en medio mundo el frío aprieta las mandíbulas. Vuelven a estar los de siempre y algunos invitados más. Da comienzo el festín del coleccionismo a gran escala, la barra libre del lujo. Da vueltas el carrusel de las grandes cifras forzando, otro año más, la voluntad de batir nuevos récords. En estas ferias, todo crece. Casi doscientas galerías internacionales se reparten el negocio; más de cinco mil obras desplegadas en los stands, dos mil artistas representados y algunos de los más escurridizos y poderosos coleccionistas deambulando de incógnito. Este es el paisaje que se avecina, señores, el paisaje del art hopping o gallery hopping, costumbre que adopté durante mis años en Nueva York. Y muy a mi pesar señoras, no se trata de ir de tiendas, sino de galerías; aunque ambas presentan cierta similitud, porque una prenda también puede ser una pieza arte y su fin es ser comprado por nosotros. Y, sino, sólo basta observar las continuas alianzas entre diseñadores y artistas consagrados o visionarios.

 

La fiebre de la experimentación, de la provocación y de las tecnologías no sólo concierne en absoluto a los feriales, también a las fiestas en sus aledaños. Antes acudía con asiduidad pues me divertía la fauna que uno podía encontrar en estos patios de recreo; destinaba parte de mi presupuesto en apostar por nuevos creadores y obras de vanguardia. Pero desde hace unos años, he desistido. Pelearse a diario con los enloquecidos marchantes por demostrar quién será el próximo Basquiat es tarea que te resta mucha energía y paciencia. Así que ahora, observo, anoto, pregunto, invierto en los clásicos –es la mejor inversión y es una verdadera obra de arte no conceptual- y me dedico a pasear por aquellos eventos sociales donde corren ríos de Dom Perignon o Veuve Clicquot –depende cual de los dos monstruos empresariales se encuentre, si Bernard Arnaud o François Pinault, además del monopolio textil, también tienen el artístico- y las chicas se lucen confrenesí al tiempo que se interesan mas por la cartera que por un nuevo artista.

 

Antes de pasar a relataros mi días en la Frieze Art londinense, punto de arranque maratoniano de las ferias, os contaré cómo es la antesala de estos acontecimientos consolidados. Todo comenzó este junio con Vuitton y Richard Prince en la Serpentine Gallery….

12:21
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Octubre 13

Érase una vez en América

Unas semanas más tarde de aquel festín, alrededor de un plato de ostras en Le Bofinger, un nuevo bistrot de moda estilo Art Nouveau, cerca de la zona de la Bastilla, y sentado en la mesa con un antepasado del legendario Max Lebaudy -curioso que trate de reunirse, como su tataraubelo, con sus amigos jóvenes millonarios fuera de la pintoresca aureola de Maxim´s-, tuve que soportar las incongruencias y desbarres imprecisos en tono conspiratorio, de un supuesto visionario en la política futurista pero un pésimo psicólogo de masas y peor orador. ¿Sobre qué arremetía con fiereza y rencor este pseudo filántropo? Sobre la cultura americana, sobre el pueblo estadounidense y sobre su forma de ser. Remataba sus largos parlamentos en contra de la modernización de EE.UU, y sus aciagas profetizaciones con una línea irónica.

Podríamos poner música de Artie Shaw para amenizar esta lectura, no sería inadecuado para enaltecer a aquellos que tanto adoran la cultura norteamericana. Ésa que no podrá ensombrecer o desacreditar ni la peor "guerra preventiva" inventada por políticos con un estilo, llamémoslo, muy poco de fiar. Cuando escribo estas líneas recuerdo lo que para mi y para mi familia supuso, al día siguiente de morir mi padre, empresario, artista y embajador de su nación, que había donado un muro en la sede de las Naciones Unidas en los años cincuenta sobre los derechos humanos, recibir un telegrama de condolencia firmado por Koffi Annan. No llegó ninguno, claro está, del entonces presidente del Gobierno español, tal vez porque andaba ya ocupado en reescribir penosamente nuestra Historia, o tal vez porque su manera de entender el cargo respondía a un estilo más bronco, más desaseado.

 Todo en esta vida es cuestión del tono de voz, del matiz de color, del detalle, y por eso -en estos tiempo en el que un anti americanismo mostrenco confunde el inconfundibe estilo del generoso pueblo americano con el de sus gobernantes- es un buen momento para repasar esa manera de entender la vida, inscrita en el sentido profundamente democrático de esta sociedad abierta y solidaria, que encarnan mucho iconos de este siglo y que trasciende a su sola luz estelar. Ahora que hasta el más candoroso repartidor de leche del Mid West -icono también él en su dulce domesticidad de una América que se hace a sí misma desde la raíz- encontraría dificultades para aceptar la dura imagen que proyecta su país, perfilarla con una luz amable es tarea de todos. Yo aportaré una lista privada de cosas, seres, momentos, que me ponen en las filas de los amantes de América.

1. Para empezar, dos alimentos que constituyeron la dieta de mi familia en Nueva York y que en mi casa se comen aún con veneración: el club sandwich y los batidos de helado y soda. Se oía a lo lejos la suculenta voz de Billie Holiday y se ahorraba para hacer algunas compras en Chinatown.

2. Los Pontiac de color menta y gris plata, con sus asientos de cuero blanco, una especie de trasatlánticos urbanos que todo lo podían.

3. La Universida de Columbia -con permiso de la de Stanford-, que acogió con sincera hospitalidad y admiración a los intelectuales españoles exiliados y en cuyos cursos de verano de Middlebury, Francisco García Lorca dirigió el departamento de castellano.

4. Truman Capote.

5. La Biblioteca Pública de Nueva York en la calle 42 esquina con la Quinta Avenida, un lugar para desarrollar un estilo sosegado.

6. Robert Frank, uno de los artistas que han inventado la América Moderna.

7. El desembarco de Normandía, el new deal y el anuncio de Coca-Cola de irresistible tipo Bollywood.

8. Diana Vreeland.

9. Jane Holzer, heredera de Park Avenue y superstar de Warhol, que fue capaz de contrarrestrar los efectos de un matrimonio millonario a base de aparecer con unas pintas alucinantes en las películas underground de la Factory de Warhol. Una pionera del radical chic, del mix y del "vístete como quieras, o mejor, desnúdate cuanto antes".

10. Frank Lloyd Wright, tocado de sombrero de negras alas, pajarita y capa.

11. El zoo de Chicago. Si hay que vivir en cautiverio, mejor en un lugar así.

12. Los sombreros texanos Stetson, incluso ahora.

13. Jacquie Kennedy vestida por Oleg Cassini durante su visitia al Eliseo.

14. La Autobiografía de Mark Twain.

15. El Algonquin Hotel, todavía en uso, sede de las juergas de Dorothy Parker y compañía.

16. Susan Sarandon y Tim Robbins (mejor juntos).

17. Marisa Berenson, Elsa Peretti y Halston.

18. Lucille Ball, porque hacer reír es un ejercicio de estilo sólo al alcance de unos pocos iluminados.

19. Edith Head, que visitió por fin de una manera convincente a la irreal Kim Novak, y que inventó sin lugar a dudas a Grace Kelly a partir de los sencillos mimbres de una atléitca católica blanca absolutamente carente de misterio hasta que Edith la puso en el camino de la ambigüedad.

20. Ezra Pound.

A este elenco caprichoso y pasional debería añadir, quiero subrayar esa falta absoluta del sentido del ridículo, tan criticada en Europa, que se ha erigido en uno de los valores más transgresores de la cultura material americana. De él nacen la curiosidad por nuevas fórmulas, el aprecio ingenuo por la elegancia transmitida de padres a hijos y también la naturalidad con la que los americanos aceptan retos y dan cabida a todos los movimentos de vanguardia. El genuino estilo americano ha sabido sacrificarse en aras de otros mucho menos vitales, y el resultado ha sido siempre muy fructífero. Nada da más frutos, ni más sabrosos, que la tolerancia.

03:40
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