Todas las personas de este mundo
Hace unos días fui a pagar en el supermercado y, junto a la caja, vi una tableta de turrón, de estos que vuelve a casa por Navidad. "¿Ya están aquí?", pregunté sorprendido a la cajera, quien me respondió que ya hacía más de una semana que llegaron. No sé por qué, pensé en lo rápido que pasa el tiempo. De este pendamiento pasé a otro: lo diferente que pasa el tiempo en distintos lugares. Siguieron encadenándose ideas: ahora pensaba en las diferencias abismales que existen en la forma que se tiene de pasar el tiempo en lugares dispares de nuestro querido planeta tierra. Con la imagen de mis vivencias en Egipto aún muy presentes (imagino que hasta que viva emociones nuevas en otro lugar "lejano"), en mi imaginación representaba la tableta de turrón en primer plano y, al fondo, el paisaje del Egipto rural por donde pasé hace un rato, como quien dice. Mientras yo estaba allí, en el supermercado, mirando con aquella tableta de turrón, ¿qué estarían haciendo las personas que conocí en Egipto? ¿Y las de otros lugares?
No es la primera vez que me pasa. A menudo voy por la calle pensando cómo irá por la suya un de neoyorquino o un venezolano o un namibio o un sudanés. A menudo pienso en la gente que vive de manera muy distinta a la nuestra y, especialmente, en la que tiene nada, que pasa hambre, en los niños que no van al colegio y trabajan todo el día.
En una ocasión me dijo un amigo: "ojo viajero, ojo inteligente". Sí, cierto, y también ojo sufridor. Cada día soporto menos la indiferencia con la que miranos el sufrimiento que aflige diariamente a nuestro planeta. Ojalá, los viajes sirvan de verdad para hacer entre todos un mundo más justo a base de acercar el dolor cotidiano de mucha gente a nuestro acomodado modo de vivir. Y de esta manera concienciar, empezando por nosotros.
Todos los vídeos del 3D+A en Egipto
Después de un verano bastante convulso en el que tuve poco espacio para trabajar sobre lo vivio en Egipto, por fin dispongo ya de todos los vídeos listos para visualizarse. Se trata de una serie de 20 películas breves en las que muestro diferentes aspectos de mi experiencia en el país de los faraones. Algunos fueron grabados en el Valle del Nilo, otros en el Desierto Occidental y, por último, en El Cairo, ciudad que me sorprendió por su tamaño y vitalidad. Además de en el reproductor puede ver en http://www.youtube.com/user/agenciausm
www.eduardofernandez.eu
El-Qurn, Luxor, 50ºC
La ruta que realicé el tercer día de travesía por el Valle del Nilo resultó ser la primera que pude completar. Salí del albergue sobre las 9.30 h, crucé el Nilo y enfilé la carretera que se dirige al desierto. Los Colosos de Menon anuncian la llegada a la zona de las excavaciones, pero esta parte la dejo para el final. Antes me adentro en el desierto. El camino se complica e intento seguir las señales que dejan al paso los todo terreno; en el desierto no es fácil encontrar zonas cómodas; o hay piedras o arena o tierra compacta desigual o una combinación de ambos tipos de superficie. Miro el reloj y el termómetro marca 40ºC; son las 10.30 h. Tras dos horas y media abandono el pleno desierto y me dirijo a el-Qurn, pasando por el Valle de las Reinas. El cansancio y la temperatura ralentizan la subida por los interminables escalones. Visito los dos puestos de policía que hay en el recorrido. Allí soy recibido con hospitalidad por parte de los jovencísimos agentes, que tratan de matar el tiempo como pueden soportando un calor asfixiante. Cuando al fin alcanzo la cima, las vistas son impresionantes, una sucesión de espacios y colorido: desierto, cultivos, río, cultivos y desierto de nuevo. Miro el reloj: 50ºC.
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Edfu, en el Egipto rural
En su crucero por el Nilo, los turistas desembarcan en Edfu para visitar el templo de Horus, el mejor conservado de Egipto. La visita se intuye perfecta: autocar con aire acondicionado y guía para saber lo que hay que saber del papel que jugó este enclave en tiempos faraónicos. La ciudad de hoy va por otro lado, como siempre, ajena a la escenificación turística. Nos encontramos en el Egipto rural, el de las chilabas, turbantes y burros. Llegué aquí un caluroso medio día. El taxi colectivo entraba en el bullicioso centro sin parar de dejar y recoger gente. El conductor, un joven de temperamento activo, sujetaba los billetes de una y cinco piastras entre los dedos para mayor comodidad y rapidez en las operaciones de cobro y cambio.
Pasé el día en Edfu esperando al siguiente para reanudar la marcha. Por la noche salí a dar un paseo. Paré en un pequeño restaurante, con sólo cuatro mesas y la comida expuesta a pie de calle. Mohamed es el propietario. Habla español y otros idiomas, porque tiene una tienda de suvenires cerca del puerto. Tomé un poco de pastel relleno de macarrones y bechamel, algo picante y muy sabroso. Al terminar el anfitrión me invitó a té, cambié a la mesa de la calle y charlamos mientras él servía las comidas. Comenté que la gente me observaba mucho por mi aspecto, occidental y vestido con ropa de deporte de colores vistosos.
-Bueno ?me contestó-, ahora puedes ser tú quien mire tranquilamente.
Pasé una velada agradable sentado allí, sin hacer nada, sólo viendo a la gante pasar. Al poco rato vino Mustafá, un buen amigo de Mohamed. La cosa se animaba.
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Algunas aclaraciones sobre el 3D+A en Egipto
Después de la tempestad viene la calma. Pero a la calma no hay que cederle demasiado terreno, no sea que acabe por volvernos perezosos. Así que tras unos días de titubeos, que si me pongo ya, que si mañana, que si después del fin de semana, vuelvo, al fin, a la carga.
Desde que regresé de mi travesía en Egipto, como primera etapa del proyecto 3D+A, tenía pendiente algunas aclaraciones sobre las crónicas que durante el viaje fui escribiendo, y que pudieron llevar a interpretaciones negativas sobre este país. Dije que tuve problemas, porque así fue, debido a la negativa de la Policía Turística a que circulara libremente por el Valle del Nilo. Ahora aclaro que, por un lado, los inconvenientes que tuve formaban parte de una experiencia de este tipo, donde, por muy bien que quieras organizarlo todo, te pueden pasar miles de cosas que no entraban en tus previsiones. Por otro lado, ojalá todos los problemas fueran de este calibre. De manera que los inconvenientes surgieron por el tipo de viaje que pretendía hacer, pero que en ningún caso deben ser interpretados como una señal de que Egipto es inseguro. Pocos países velan tanto por la seguridad de sus visitantes.
Dicho esto, desde la perspectiva que da el paso del tiempo y con las emociones ya calmadas, me parece el momento idóneo para recordar en voz alta mi experiencia. Así, se me viene a la mente la espléndida acogida que, por parte de Travel Express Egypt y su representante Samy, tuve a mi llegada a El Cairo. Unas atenciones que se prolongaron durante mi desplazamiento hasta Asuán, esta vez por parte de Ammar, y más allá, por voluntad e iniciativa propia de ellos, a lo largo de toda mi travesía, durante la que fui recibiendo llamadas y mensajes interesándose por mí y la marcha de los acontecimientos. La esmerada atención que estos profesionales del turismo brindan al visitante puede ser atribuida a una verdadera vocación de servicio que, en mi caso, trascendió sus responsabilidades profesionales hasta el ámbito personal.
Pienso también en esa condescendencia y simpatía que desperté en las autoridades, aún cuando, por mi propio bien y seguridad, me negaban el paso. Pienso en la gente del Egipto rural, el que vive ajeno al turismo, el que no habla inglés. Esa gente que en mi peregrinar diario por el Valle me llevaba a alguna estación de transporte, hasta la misma camioneta y que, una vez allí, se despedía sonriente, asintiendo levemente con la cabeza, respondiendo a mi agradecimiento. Pienso en la gente a la que enseñé las fotos del cumpleaños de mi hijo Eduardo mientras viajábamos en la camioneta, unos frente a otros, por la carretera rural. Fue un momento muy emocionante, porque estaba mostrando imágenes de mi vida normal a personas en su propio escenario cotidiano. También pienso en Ammar, el chico que me invitó a su pequeña tienda de comestibles y con quien mantuve contacto hasta el mismo día de mi vuelta a España. Recuerdo ese maravilloso rato que pasé en Bahariyya tomando té en la granja de pollos de Mohammed y su hermano, riéndonos mientras hablábamos de nuestras familias. Y también en el oasis, aquél encuentro inesperado con un agricultor que, al saber que era español, me habló de Andalucía y Sevilla y me dio dos besos al descubrir que soy sevillano. Pienso en ese indescriptible espectáculo de supervivencia humana y social que es El Cairo, donde, a pesar de su descomunal tamaño, puedes encontrar cualquier cosa a sólo un paso; en los ríos de gente paseando por las calles, sobre todo al anochecer o tomando un zumo natural o un helado o esperando a las puertas del cine. El Cairo es fantástico.
Mirando atrás, Egipto me parece un ejemplo de la Arabia profunda, tradicional, con la particularidad de que en ella se manifiesta el sincretismo de su pasado faraónico y su cultura árabe. El resultado puede imaginarse: una experiencia emocionante, repleta de imágenes impactantes, hermosas, grandiosas? Me parecía justo aclararlo.
Keops, Kefrén y Micerinos
Hace un rato he dado una vuelta en Formula 1, o lo que es lo mismo, por El Cairo. Esta ciudad desquiciante no deja de sorprenderme; frenética, ensordecedora, sucia, polvorienta, tan llena de vida? Pero, ¿dónde va toda esta gente? Adónde, 20 millones de personas, cada una de ellas con algo que hacer: sobrevivir a la propia ciudad, que parece estar siempre a punto de explotar; pero no, qué va. ¿Hay trabajo para todos? ¿Hay comida para todos? ¿Hay agua para todos? ¿Hay electricidad para todos? La legendaria e histórica belleza del Valle del Nilo asombra al visitante. Los paisajes desérticos dilatan las pupilas y corta la respiración. Pero el sorprendente caos cairota golpea con violencia al visitante, lo sacude, lo aturde y genera contradicciones que dejan a uno fuera de juego. Hay que relajarse, abrir la mente y no pensar en si lo que ves es bueno o malo, hermoso o aberrante. Es necesario tener altura de miras para, al menos, tratar de comprender esta mega urbe. Porque El Cairo representa, a mi modo de ver, el milagro de la vida en otra acepción nueva, necesaria ante los nuevos fenómenos de las megalópolis. Veinte millones de habitantes, cada uno de ellos yendo, viniendo o en alguna parte, haciendo algo: frente a las heladerías, en los cines, en las calles, en los restaurantes, en los parques, en todas partes y en multitud. En un barrio pueden vivir cuatro millones de personas, en los cementerios los muertos comparten parcela con los vivos, que a falta de espacio han instalado allí sus viviendas. Todo es extraño, confuso, extremo, pero funciona, funciona porque no tiene mas remedio que funcionar.
Decía que venia de dar una vuelta en Formula 1, porque esta mañana he visitado las pirámides, ubicadas en un extremo de la ciudad, entre ésta y el Desierto Occidental. Ha sido un paseo tranquilo en compañía de Rafa, el guía de Travel Express Egypt. Según este experto acompañante, las pirámides son al mismo tiempo tumba y oratorio y pertenecen al Imperio Antiguo de la historia del Egipto Faraónico. Posteriormente, en el Imperio Nuevo, las tumbas ocupaban emplazamientos diferentes a los templos. Se ve en Luxor, donde los dioses eran adorados en los templos de Karnak o Luxor y los reyes enterrados con sus riquezas en la parte occidcental de la ciudad, al otro lado del Nilo, donde se encuentran en Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas.
Las pirámides no eran construidas por esclavos ni se sellaban a cal y canto cuando el rey era sepultado. Durante los 20 años que duró la construcción de la de Keops se trabajaba durante 4 meses al año, los correspondientes a las inundaciones que obligaban al campesinado a suspender el trabajo de sus tierras. Keops, Kefrén y Micerinos pertenecen a la misma familia, padre, hijo y nieto respectivamente. Cada sucesor erigía su pirámide más pequeña que la de su antecesor, en señal de respeto. Una vez terminada la estructura de estas portentosas construcciones diseñadas por arquitectos no menos grandiosos, se revestía con bloques de piedra pulida y en la superficie se escribía el nombre de su morador, con dimensiones gigantescas. Las tres están alineadas de forma que ninguna haga sobra a la otra. Cómo debieron brillar!! A los pies de la pirámide de Kefrén se encuentra la esfinge, una mega figura esculpida de una pieza en la misma roca caliza, con cuerpo de león, simbolizando la fuerza, y cabeza humana (la del propio Kefrén) para simbolizar la inteligencia que debe gobernar la fuerza.
Después de las pirámides asistí a una demostración de fabricación de papiro, el papel sobre el que dibujaban y escribían en Egipto en la antigüedad. El proceso es sorprendentemente sencillo. Se coge el tallo de la planta del papiro, que tiene forma triangular. Se corta en vertical en tiras de unos dos o tres milímetros de grosor y se dejan en agua unos siete días. A continuación se prensan con un rodillo para sacarle casi todo el agua, para después ir poniendo las tiras en un paño de tela grueso, formando una trama. Se cubre con otra tela y se pone en una prensa durante otra semana. En este tiempo el papiro soltará todo el agua, reducirá su grosor al mínimo y al secarse las tiras se pegan. Ya tenemos un pliego de papiro.
Misión cumplida
Todo llega a su fin. Los días han pasado rápido en Egipto. Cuando tengo una ruta que hacer, primero estoy deseando de empezar, luego ansioso por terminar. Las cosas no han salido como esperaba, pero sí, en cierto modo, como estaban previstas. Contaba con los problemas de los primeros días, porque las informaciones que había recibido desde España así me lo sugerían. Afortunadamente la alternativa al Valle del Nilo ha dado buen resultado. Si bien tuve que cambiar el modus operando, estableciendo un centro de operaciones (en el oasis de Bahariyya) desde el que acometer distintas rutas hacia pleno desierto.
Este viaje deportivo por Egipto es atípico. Durante estos días no he visitado un solo templo, una sola tumba. Me he perdido algunas de las maravillas arquitectónicas más impresionantes de la historia de las civilizaciones; sinceramente, cuando pude hacerlo, no estaba para visitas, preocupado y centrado en buscar soluciones a los inconvenientes que iba encontrando. En cambio, me he zambullido en el Egipto de hoy, el verdadero, el de sus calles y casas destartaladas, el del mundo rural que cultiva sus tierras en el Valle del Nilo, ajeno a los faraones. El Egipto del pan de pita, las ensaladas de tomate y pepino, de la comida casera, sencilla y abundante; el de los centros de ciudad polvorientos, abrasados por el calor y atestados de gente; el de los hombres con chilaba, sentados en la cafetería, fumando una shisha (narguile) y tomando un shai (té); el de las mujeres con el rostro oculto. Como contrapunto a la vestimenta tradicional femenina, por el aspecto que presentaba durante mi ruta, ataviado con mallas de correr y una mochila bastante ?escandalosa? (por los accesorios para transportar agua, entre otros), a veces me daba la sensación de perecer un exhibicionista. La gente se quedaba mirándome. Es normal, hay que mirarse uno mismo y entender reacciones que en algún momento llegaron a incomodarme, una incomodidad que tiene que ver sobre todo con mi propio sentido del ridículo. Pero es que tenía que correr muchos kilómetros cada día y no podía ir de otra manera. Esperaba encontrarme una cosa y la realidad que he vivido es muy distinta, pero a eso vine aquí, a vivirlo, a comprobarlo. No es fácil encontrar un sitio entre gente para la que eres un extraño y donde estás de paso, en el más estricto sentido de la palabra. Las personas somos como somos, aquí y en Pekín, como se suele decir. Ante lo ajeno protegemos lo propio, necesitamos tiempo para asentar nuestras percepciones y emociones y siempre tendemos una mano cuando hace falta.
Quiero agradecer a mis patrocinadores su apoyo incondicional, gracias al cual son posibles estas experiencias pensadas para ser contadas, compartidas. A Fernando Borges y el IMD de Sevilla, a José Vicente Franco, Alcalde de mi ciudad Coria del Río; Cristina Vilar y Coronel Tapiocca; Eusebio y sus productos Infisport; los amigos de Running Way; Rafael Oliveros y Formulaciones; Marie Bouret y Gary King, de Spot. Juntos formamos eso que está tan de moda ahora: un equipo. La aventura no ha hecho más que empezar.
En la carretera del infierno
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